Cuando el presidente de un país habilita la violencia desde su posición de poder y responsabilidad pública, la democracia de ese país se encuentra en peligro.
Hace años cursé Criminología con el Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni en la Facultad de Psicología de la UBA. Siempre me impactaron sus clases teóricas, pero una en particular permanece entre mis apuntes y mi memoria. Se titulaba: “El discurso racista: eficacia de su estructura”. En esa clase, Zaffaroni explicaba los diferentes tipos de discursos racistas que han existido desde el siglo XVII en la criminología y cómo estos se han estructurado y adaptado a través del tiempo.
Hoy veo esa misma estructura discursiva, ejercida desde el poder, aplicada no solo a los delincuentes, sino a todos los ciudadanos que vivimos en democracia. Esta forma de pensamiento es lo que considero neofascismo, un fenómeno peligroso que debemos reconocer y enfrentar.
El discurso de odio hacia las minorías –entendidas no en términos cuantitativos, sino cualitativos– se manifiesta de forma directa. Un presidente que odia a su propio país es, en esencia, un racista. Su ideología jerarquiza a los fuertes mientras abandona a los más frágiles. No se detiene allí: también desprecia a quienes piensan diferente, los amenaza, e insulta a las diversidades sexuales y a los movimientos feministas.
Un líder en estas condiciones, fuera de sus cabales, conduce a la destrucción de todos. Nos encontramos en un retroceso histórico alarmante, en el que los derechos fundamentales se convierten en privilegios para quienes pueden costear la salud, la educación, la vivienda y, en última instancia, la vida misma. Mientras tanto, muchas personas deben abandonar tratamientos médicos por falta de recursos, lo que genera no solo muertes físicas y enfermedades, sino también un profundo dolor en quienes aún conservamos sensibilidad y pensamiento crítico.
Quienes ejercen cargos públicos deben renunciar a cualquier goce sádico vinculado a su poder. Pero no basta con quejarse o repudiar. Es momento de asumir nuestra responsabilidad frente a esta pasividad colectiva que nos paraliza. Debemos pensar en formas pacíficas de defensa y acción.
Reflexionando sobre esto, recordé el artículo de Freud “Lo siniestro” (Das Unheimliche, 1919). En él, Freud describe lo siniestro como una experiencia donde lo familiar se torna extraño y amenazante, generando un efecto perturbador. Es un oxímoron: una figura retórica en la que se condensan términos opuestos, como “silencio atronador”.
Lamentablemente, aquí no hablamos de poesía. Nos referimos a una institución perversa: un presidente que, en lugar de garantizar derechos, los destruye. Este siniestro acto de quien debe cuidar y proteger, pero en su lugar abandona, odia y amenaza, tiene efectos devastadores en la salud mental de la población. Este discurso perverso y racista no solo inmoviliza, sino que enferma.
Entonces, ¿cómo salimos de esta parálisis? La respuesta está en el movimiento desde abajo: agrupaciones barriales, colectivos de minorías, movimientos de mujeres y cualquier organización que fomente la solidaridad y el cuidado mutuo.
Ayer, por ejemplo, se realizó una Asamblea Antifascista LGBTQ+ en Parque Lezama, donde se enfatizó la importancia de ocupar las plazas y espacios públicos en todo el país. Cada uno de nosotros, desde nuestras propias experiencias de maltrato y exclusión, debe movilizarse. La única forma de avanzar es a través de la acción conjunta, sin detenernos.
Cuando la tristeza nos envuelve, caemos en la depresión y el aislamiento. Para evitar esto, debemos mantenernos en las calles. Como se dijo en la Asamblea: “… la vida está en juego”. La próxima convocatoria será el 1° de febrero, y debe ser multitudinaria.
Lic. Patricia Gorocito
Docente de la Facultad de Psicología, UBA