La emoción grande o pequeña de conocer a una persona con quien se tiene alguna afinidad, es importante.
Las personas que hemos caminado por la vida, solemos ser más exigentes y no es por presumir de conocimientos porque tampoco se va a competir con ellos para llegar al final de un concurso y que ese sea el objetivo y se acaba. No es en plan de tener iguales conocimientos, pero sí de conocer los aspectos básicos de una buena formación básica de ser humano, que desea compartir detalles del día en que no se ha estado juntos.
En la amistad valen los afectos, el respeto, la valorización del otro en su hacer. La preocupación por el otro, demostrando de este modo, que sí, es un buen comienzo para una larga compañía.
La conversación es el punto de partida. Es tan importante como presentar un Currículum Vitae a una gran empresa en la que se desea ser valorado, sólo es que allí se entrega y se debe esperar.
La amistad se va haciendo de instantes. Se despedaza el currículum para poder asignar un poco de lo lindo que dice allí, a los momentos en que se está con quien se ha elegido o ambos se han gustado superficialmente.
Es básico preocuparse por el otro y viceversa: ¿Comiste? ¿Qué tal tu día? ¿Te cansaste mucho?
Es un buen comienzo después de horas sin verse y de sólo haber mantenido mensajes cortos.
Es vital ceder espacio de expresarse el uno al otro. Las actividades de los dos son importantes y se suele caer en el error de hablar demasiado de las labores propias, dando demasiado énfasis en el “yo hice”, “yo vine”, “yo fui”, “yo armé” y es fatal. La otra persona ha quedado de escuchante, de receptora del quehacer del otro y ni siquiera le han preguntado: “Y tú ¿Cómo has estado?”.
En tiempos de compartir deben quedar los dos contentos, ambos satisfechos, liberados de tensiones y compartidas las emociones. Se llaman momentos de felicidad. Es igual a tener un buen sexo de total complacencia en donde ambos comparten el interés por el bienestar del otro en los tiempos buenos y más aún, en los no tan buenos.