Las sustancias. Por Patricia Gorocito

Las sustancias. Por Patricia Gorocito

Cuando la ciencia forcluye al sujeto, los psicoanalistas estamos ahí. Y si los cuerpos hablan como acontecimientos, es porque el sujeto ha quedado sin palabras.

Permitir que emerja la angustia y tramitarla por la vía simbólica es el camino más recomendable. El cuerpo, como gran acontecimiento, tiene un registro propio y guarda un saber secreto sobre nuestras emociones. Lo escuchamos los psicoanalistas todos los días en nuestros consultorios.

Vivimos en una época donde ni el registro de lo simbólico ni el lazo social amoroso predominan. En cambio, asistimos a fenómenos como el acting out y el pasaje al acto. Para decirlo de forma sencilla, hoy prevalece el registro de lo real, y la violencia se ejerce sobre el cuerpo propio o el de otros. A veces como un llamado de atención; otras, como una manera de hacerse notar, movidos por la pulsión escópica centrada en la mirada, pero siempre sin palabras.

Esto se refleja en prácticas actuales como el exceso de cirugías estéticas, tatuajes y otras intervenciones de moda: marcas en el cuerpo. En los últimos tiempos, estas intervenciones se han centrado especialmente en el rostro, lo que merecería un análisis aparte.

En la clínica es común encontrar consultas relacionadas con autoagresiones, especialmente entre adolescentes. Algunos relatan: “… No sabía qué hacer, así que me puse a cortarme en los brazos hasta que mi mamá se dio cuenta”. “… Estábamos con los pibes, tomamos tanto que fulano se desmayó… Terminamos en la Guardia”. Ejemplos de este tipo abundan en nuestra época de excesos.

La película La sustancia, de la directora Coralie Fargeat, protagonizada por Demi Moore y Margaret Qualley, explora cómo el destino de la pulsión puede ser la muerte. En este filme se evidencia el daño que el patriarcado y el neoliberalismo han infligido, no solo en las mujeres, sino también en los varones, quienes aparecen representados de manera siniestra.

En esta era de medición y control absoluto, la ciencia intenta avanzar sobre los cuerpos, pero siempre habrá algo que escapará a la cuantificación. Y quizá, aquello que queda por fuera sea nuestra salvación.

Pareciera que no podemos decidir fuera de un sistema que constantemente nos dicta cuáles deben ser nuestras respuestas. Sin darnos cuenta, somos hablados por el Otro. La protagonista de La sustancia llega a los 50 años y no soporta lo que el sistema le exige: retirarse de su trabajo y ser reemplazada por una mujer joven. Ante este golpe, planea su autodestrucción, incapaz de pensarse desde un lugar propio. La protagonista interioriza el odio que el sistema dirige hacia las personas mayores, especialmente hacia las mujeres, una forma de desprecio alimentada por el patriarcado. La sustancia no solo expone el sufrimiento que las mujeres hemos soportado bajo el patriarcado de los siglos XX y XXI, sino también la locura de la ciencia y sus consecuencias.

El discurso de nuestra época está comandado por el paradigma de la tecnociencia y el neoliberalismo, y es fascinante cómo una sola escena de esta película puede condensar tanto: el narcisismo, la soledad, y el imperio de la mirada como única fuente de saber sobre los cuerpos.

La protagonista, dividida entre los años y la juventud, refleja claramente al sujeto dividido del que habla Lacan. El sacrificio pulsional y la autodestrucción parecen ser su destino.

La sustancia, como película de terror, está magistralmente realizada. Rinde homenaje a grandes obras del género del siglo XX, como Carrie (Brian de Palma), Psicosis (Alfred Hitchcock), La naranja mecánica y 2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick), El hombre elefante (David Lynch), La mosca (David Cronenberg), entre otras.

El género de terror, con sus narrativas extremas, sugiere que, de seguir así, podría convertirse en una representación de lo real del poscapitalismo.

Sin embargo, soy optimista. Creo que la salvación viene de aquello que queda fuera del discurso de la tecnociencia. El psicoanálisis, entre otras herramientas, puede ayudarnos a encontrar respuestas menos alienadas. También el arte y el amor, en su singularidad y unicidad, son formas sublimes de salvación.

Patricia Gorocito
Docente

UBA PSI

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