La carnavalización de la política. Por Martín Alomo

La carnavalización de la política. Por Martín Alomo

Da Empoli con Bajtin.

La noción de carnavalización de Mijail Bajtin (1967) nos permite leer la realidad política en clave irónica, con un tipo de ironía que trastoca los lugares, los pone patas arriba. El carnaval político en el que vivimos -mencionado por Da Empoli en Los ingenieros del caos– caracteriza muy bien la desgracia actual en la que “un burro es lo mismo que un gran profesor”, como ya lo sentenciaba Discepolín en su célebre “Cambalache”.

Por medio del procedimiento literario conceptualizado por Bajtin, diversos personajes de una historia son mezclados y desorganizados en relación con el orden establecido, de modo tal que, como dice la canción de Joan Manuel Serrat: “Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha”.

La estrofa citada evoca el statu quo ante de la carnavalización, del que se proviene y al que se retorna cuando existe la posibilidad de tal restitución: “Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.

Entre el arribo y el retorno a la fiesta del carnaval ha ocurrido un trastrocamiento de los roles y, sobre todo, de las jerarquías.

La subversión burlesca inducida por el carnaval puede ser grotesca o sutil, incluso silente, tal como lo señala Gilles Deleuze en “Bartleby, la fórmula” (2000), a propósito del anodino escribiente de Melville.

Enunciada en un tono manso, desafectado y sin hostilidad aparente, la fórmula del copista pareciera partir de un enunciador absurdo hacia un destinatario de la misma condición. La doble vía del humor que contiene la ironía como su resorte se infiere a partir de la hilaridad extraña que puede trasuntar la escena: las primeras negativas de Bartleby podrían llegar a constituir una configuración de humor absurdo. Sin embargo, la ironía está presente -no es necesario suponer la intencionalidad del joven escribiente al respecto- y más allá de la voluntad del locutor, observamos cómo a lo largo del relato encuentra de un modo cada vez más eficaz, un destinatario para su mensaje absurdo al cual ridiculizar. De ese modo, perpetra la carnavalización irónica del jefe. 

Los ingenieros del caos

En su libro (2019), Da Empoli titula su introducción “El regreso del carnaval” y narra una escena de las festividades del pueblo que invierten las jerarquías sociales romanas hacia finales del siglo XVIII.

El carnaval “pone al mundo patas arriba, trastocando no solo las relaciones entre los sexos, sino las de clases y todas las jerarquías que regulan la vida social en tiempos normales”, escribe. Y concluye: “hoy el carnaval ha abandonado finalmente su ubicación periférica, en los márgenes de la conciencia del hombre occidental, para asumir una centralidad sin precedentes, posicionándose como el nuevo paradigma de la vida política contemporánea.” (p. 10).

En las escenas dieciochescas de los carnavales romano o veneciano, los frailecillos -bufones pintorescos que con sus disfraces atizaban los fervores festivos y revolvían los ánimos con burlas y manoseos- alteraban cualquier orden preestablecido e incitaban así el ascenso de las pulsiones mundanas y su entronización temporal a cielo abierto.

Bajo sus máscaras, frailecillos y otros demonios embadurnaban con sus pomos los cabellos de los señores y transgredían con sus manos enaguas y escotes de damas acaloradas.

“La máscara se traslada a Internet, donde el anonimato produce el efecto de desinhibición que antaño surgía del acto de llevar un disfraz. Los trolls son los nuevos frailecillos que echan más leña a la hoguera liberadora del carnaval populista” escribe Da Empoli (2019, p. 16).

Hoy vemos casos de países donde estos frailecillos-trolls pueden llegar incluso a la presidencia. En este contexto, que uno de estos exponentes se autodefina como “un topo que vino a destruir el Estado desde adentro” no debería sorprendernos: ¡Se trata de la carnavalización de la política elevada a su máxima expresión!

Desde el jardín

La película protagonizada por Peter Sellers, basada en Being there, novela de Jerzy Kosinski, muestra por medio del absurdo y en tono de comedia cómo un lugar tan importante como el de mandatario de una potencia mundial puede ser ocupado por cualquiera. Incluso por una persona ramplona y medio boba; a condición, eso sí, de que la creencia y la conveniencia de los otros lo sostengan en ese lugar.

Dicho de otra manera, las lagunas de la ignorancia, la tontería y la puerilidad pueden ser rellenadas con sentido. Me refiero a una proliferación ortopédica de sentido prestado que el entorno, los votantes, la sociedad, depositan en el pozo vacío de la estupidez del gobernante electo.

De ninguna manera comparo a Chauncey Gardiner -el personaje de la novela de Kosinski encarnado por Sellers- con el presidente actual de nuestro país. En Desde el jardín se trataba de alguien a merced de las circunstancias, un simple jardinero que estaba en el lugar indicado en el momento justo para recibir una promoción totalmente inesperada y por eso mismo incomprendida por él.

Milei, en cambio, se ha constituido en líder de una fuerza política, ha competido en elecciones y ha ganado. El personaje y las circunstancias difieren. Sin embargo, me parece que la enseñanza de la ficción de Kosinski permanece intacta: sin un montón de sentido ortopédico y prestado que rellene los agujeros de la ignorancia, la estupidez y el vacío de saber hacer no hay gobierno posible.

Luego, la astucia del político de turno -hoy en día encarnada por un equipo de asesores- podrá argumentar de qué modo y con cuánta anticipación todos los escenarios posibles ya habían sido previstos, por supuesto.

En mi columna publicada en Diario La Razón de México del 20/01/2024, escribí: “La canallada y la tontería muestran sus vasos comunicantes que distribuyen un flujo anímico que alimenta a una o a otra. La diferencia es ética: el gobernante debe elegir si comportarse como un canalla y, como un dios apócrifo, oprimir a su pueblo; o bien, cuidarlo, aun al precio de quedar como un tonto”.

Eso me recuerda una oración que, a modo de conclusión, escribí en 2009, en mi libro Estructura del insulto. Hoy me doy cuenta que está estructurada como una carnavalización y, por eso, la elijo para terminar este artículo que apenas caracteriza someramente una época decadente: “un hijo de puta no es otra cosa que un boludo en situación de poder”.

Martín Alomo es psicoanalista, doctor en Psicología, magíster en Psicoanálisis., especialista en Psicología Clínica., profesor y Licenciado en Psicología (UBA). Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013); Estructura del insulto (Letra Viva 2009).

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